Thursday, March 11, 2010

Cómo murió José Martí

Juventud Rebelde

Ciro Bianchi Ross • digital@juventudrebelde.cu

6 de Marzo del 2010 22:41:18 CDT


Martí es impactado por tres disparos. Una bala le penetró por el pecho, al nivel del puño del esternón, que quedó fracturado; otra, que le entró por el cuello, le destrozó, en su trayectoria de salida, el lado izquierdo del labio superior, y otra más lo alcanzó en un muslo. Su acompañante, el subteniente Ángel de la Guardia, que queda atrapado bajo su caballo herido, pudo librarse del peso de la bestia y atrincherarse detrás del fustete caído para batirse desde esa posición con el adversario, escondido en el yerbazal, pero no consigue rescatar el cuerpo del Delegado del Partido Revolucionario Cubano. Con el paso lento que le permite su caballo herido retorna De la Guardia a los suyos y casi al mismo tiempo vuelve, tinto en sangre, Baconao, el caballo del Apóstol. El Generalísimo Máximo Gómez, desesperado por la infausta noticia, se lanza, prácticamente solo, al lugar del suceso a fin de recobrar a Martí, vivo o muerto. Tanto se arriesga el Jefe del Ejército Libertador que en un informe inicial sobre el combate el coronel Ximénez de Sandoval, jefe de la columna española, reporta su nombre entre las bajas contrarias.

Diría Máximo Gómez a Tomás Estrada Palma: «Cuando me pude apercibir de su caída, lo más que podía hacer lo hice, lanzarme solo a ver si recogía su cadáver. No me fue posible, y puedo asegurar a Ud. que jamás me he visto en tanto peligro. La noticia de fuente española de que yo estaba herido, no dejaba de tener su fundamento».

Una barrera de fuego impide a Gómez llegar hasta el cuerpo de Martí. Lo hallan los españoles y el cubano Antonio Oliva, un práctico conocido por el sobrenombre de «el Mulato», alardea de haberlo rematado con su tercerola. Alardearía también de haberle hecho fuego desde el yerbazal. ¿Verdad o mera fanfarronería? Un militar español, Enrique Ubieta, calificó de fantasía el tiro casi a boca tocante de Oliva sobre Martí moribundo. Al historiador cubano Rolando Rodríguez le parece evidente que el Mulato se pavoneaba de lo que no había hecho porque buscaba que el Ejército español lo premiase con una distinción pensionada. Si desde el maniguaso, como decía, disparó sobre el Apóstol, no fue el único en hacerlo, pues se sabe, por el testimonio de Ángel de la Guardia, que ambos combatientes fueron objeto de una descarga cerrada. Por otra parte, colige Rolando Rodríguez, resulta imposible con una tercerola, y aun con un máuser, hacer blanco tres veces en un jinete antes de que caiga del caballo.

De todas formas, Ximénez de Sandoval anotó a Antonio Oliva entre los combatientes distinguidos en la acción de Dos Ríos y se le otorgó la Cruz del Mérito Militar de Cuba, con distintivo rojo. Pero de pensión, nada.

Identificación y despojo

En el momento de su muerte vestía Martí pantalón claro, chaqueta negra, sombrero de castor y borceguíes también negros. Su ropa debe haber llamado la atención del enemigo. Por la documentación que portaba, los españoles sospecharon de inmediato que se hallaban ante el cadáver del «pretendido» Presidente de la República o de la Cámara Insurrecta; el «cabecilla» Martí, y su reloj y su pañuelo llevaban las iniciales JM. El capitán Satué, que lo conoció en Santo Domingo, corroboró la identificación, y un tal Chacón, cubano hecho prisionero horas antes, la confirmó.

Llevaba el Apóstol documentos oficiales y varios papeles de índole personal, como la carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado, fechada el día anterior, 18 de mayo. Se sabe, por la carta de Gómez a Ximénez de Sandoval pidiéndole noticias acerca de Martí («Si está en su poder, herido… o si muerto, dónde han quedado depositados sus restos…», le dice en esa), que el Delegado llevaba encima asimismo más de 500 pesos oro americano.

Años después, Ximénez de Sandoval relataría a Gonzalo de Quesada lo que Satué le dijo acerca de las pertenencias de Martí: «Respecto a la sortija de hierro que dice llevaba… debió serle quitada cuando lo despojaron del revólver, reloj, cinto, polainas, zapatos y papeles; puesto que cuando yo encontré su cadáver y lo identifiqué, le mandé a registrar sin apearme del caballo, no encontrándole más que la moneda de cinco duros americana, tres duros en plata, la escarapela, la carta de la hija de Máximo Gómez con la cinta y la carterita de bolsillo».

Nada dice acerca de los 500 pesos. Quizá no supiera nada acerca de estos por haber quedado en otras manos. Tiempo después, sin embargo, expresaría que el dinero ocupado a Martí y también a Chacón se empleó en pagar el aguardiente y los tabacos que en el poblado de Remanganaguas ordenó que se comprara a la tropa.

Parte de ese botín de guerra quedó en poder del coronel español: la cinta azul remitida a Martí por Clemencia Gómez, el cortaplumas y la escarapela, que se dice había pertenecido a Carlos Manuel de Céspedes. Cartas y documentos los cedió a archivos militares, en tanto que el reloj lo obsequió a Marcelo Azcárraga, ministro de Guerra del Gobierno peninsular, y el revólver al capitán general Arsenio Martínez Campos.

Las iniciales JM reiteradas en el reloj y el pañuelo, la documentación ocupada y las aseveraciones de Satué y Chacón sobre la identidad del occiso, convencen a Ximénez de Sandoval de haber asestado un golpe mortal a la revolución naciente. Decide no esperar más y da la orden de retirada. Una hora y media había demorado el combate de Dos Ríos. El Apóstol cayó en la segunda media hora de la acción, después de la una y siempre antes de la una y treinta de la tarde, que es cuando el Generalísimo recibe la noticia apabullante.

Rumbo a remanganaguas

Por un momento Gómez llega a pensar que el Delegado no está herido ni muerto, sino solo perdido en el monte. Si ha sido hecho prisionero y va herido o si ya está muerto, cree que podrá recobrarlo durante el contraataque que espera. Pero el contraataque no se produce y la exploración mambisa detecta que el adversario se mueve en retirada. Ximénez de Sandoval marcha hacia Remanganaguas y lleva el cadáver de Martí doblado y atado sobre el caballo del prisionero Chacón. Piensa Gómez interceptar la columna española. Lo pantanoso del suelo, por las lluvias, demora su avance y cuando al fin sale al camino ya los adversarios han pasado. Ordena que unos tiradores los acosen. Pero está decepcionado. Su olfato de viejo guerrero le dice que se trata de un enemigo que ya de seguro no podría derrotar.

Demora más de lo previsto Ximénez de Sandoval en llegar a su destino. Se detiene en la bodega de Modesta Oliva y más adelante, al oscurecer, la lluvia lo obliga a una nueva parada en la finca Demajagual. Hace noche la columna en el mismo camino y el cadáver de Martí, zafadas las ataduras, es dejado caer junto a un jobo. A las 3:30 de la mañana los españoles se ponen otra vez en marcha. Llegarán a Remanganaguas a las ocho de la mañana y desde allí el coronel envía un telegrama a sus superiores para dar cuenta del combate.

Es en esa localidad donde los restos del Apóstol son inhumados por primera vez. En la tierra viva y casi desnudo, cubierto solo con los pantalones. Encima de su cadáver colocan los restos de un soldado o sargento español muerto también en Dos Ríos. Son las tres de la tarde del 20 de mayo.

El Generalísimo, aunque decepcionado, no se da por vencido. Llega a la bodega de Modesta Oliva; la mujer le dice que Martí está muerto y le entrega un papel que dejó el jefe español en el establecimiento. Los nombres de Martí y de Ximénez de Sandoval aparecían anotados entre símbolos masónicos —ambos eran masones, en efecto— y se añadía que el Apóstol iba herido. Si se salvaba, sería devuelto a las filas cubanas; si fallecía, tendría un entierro digno. Resulta ingenuo pensar que Gómez creyese ese mensaje luego de que Modesta le aseguró haber visto a Martí muerto. No se ha dilucidado el misterio de ese papel que ciertamente existió, aunque Rolando Rodríguez descarta que procediera de Ximénez de Sandoval. Cree ese historiador que fue una estratagema para que Gómez aflojara o desistiera de la persecución. El médico de la columna española, también masón, se atribuyó después su autoría. Aseguró haber escrito que Martí estaba vivo y si intentaban rescatarlo le darían muerte. Pero Rodríguez tampoco cree que fuera eso lo que decía el papel.

Es entonces que el General en Jefe del Ejército Libertador escribe al jefe enemigo la carta ya aludida en la que interesa conocer el destino del Delegado. La envía con su ayudante Ramón Garriga y advierte a Ximénez de Sandoval que si ese combatiente «no vuelve a incorporarse porque usted se lo impida, cualquiera que sea la forma que para ello está usted en libertad de emplear, así sea la muerte misma, al joven oficial le importará poco eso y a los que quedemos en pie no hará mella ninguna en el espíritu que nos anima».

La última oportunidad

Hay júbilo en la parte española por la muerte del Delegado del Partido Revolucionario Cubano. Vuelan los mensajes de un lado a otro. «Muerto el titulado Presidente José Martí», anuncian. En Madrid, a la salida de un consejo de ministros, los titulares de Guerra y Ultramar aseguran en triunfo a los periodistas que «con la muerte del cabecilla Martí, que era el alma de la insurrección, ha de ser fácil a nuestras tropas batir y disolver las partidas, en las cuales reina ya el desaliento y la desmoralización». El Gobierno y la reina regente envían un telegrama al capitán general Martínez Campos: felicitan al ejército de operaciones en Cuba y al coronel Sandoval por el victorioso combate. Los periódicos, en sus ediciones habituales y en suplementos extraordinarios, divulgan la noticia.

Pero España quiere asegurarse de que el muerto es ciertamente el Presidente de la Cámara Insurrecta. Sabe que tal noticia será muy discutida en el exterior y urge eliminar toda duda. Por eso el general Salcedo, jefe militar de la plaza de Santiago y de toda la provincia, ordena a Ximénez de Sandoval que se remita a dicha ciudad el cadáver de Martí, embalsamado, lo que ha de ser «de gran efecto moral y ha de contribuir a la resonancia del gran servicio prestado por usted y su columna». Asegura asimismo que en Santiago, Martí sería enterrado «con el respeto que merece todo muerto».

En su camino entre Palma Soriano y San Luis, Sandoval se topa con el médico cubano Pablo Valencia, que lleva la encomienda de Salcedo de comprobar la identidad de los restos de Martí y embalsamarlos. Ya en Remanganaguas, Valencia no puede acometer su tarea de inmediato porque le exigen una autorización de Sandoval. Manda el médico a su ayudante a San Luis, obtiene la autorización solicitada y el 23 emprende el camino de regreso con el papel oculto en un zapato. Va asustado el sujeto pese a sus precauciones, porque la bestia que monta pertenece al Ejército español y, por la marca del hierro y la cola cortada, los insurrectos se percatarán de ello si lo sorprenden en el camino. Lo detiene en efecto una tropa mambisa que reconoce el caballo. Se lo cambian por un arrenquín y lo dejan seguir porque, total, no es más que el criado de un médico.

No pudo saber aquella tropa que dejaba escapar la oportunidad de rescatar los restos del Apóstol.

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La muerte de José Martí

En mayo de 1895 la plaza de Palma Soriano estaba bajo el mando del Coronel Ximenez de Sandoval . Los días 16, 17, 18 y 19 de ese mes se dirigía desde Palma Soriano, al frente de un convoy, hacia Remanganaguas y las Ventas de Casanova donde logró llegar sin resistencia alguna y descargó el convoy. Estaba al día en cuanto a los desembarcos de Gómez, Martí, Antonio y José Maceo, y había tomado medidas para combatirlos en caso de ser atacado. Mandaba una fuerte columna de tropas bien armadas de infantería regular, de escuadrones de caballería y de fuerzas auxiliares de guerrilleros cubanos, entre los cuales se encontraban los prácticos Antonio Oliva, Cayetano Martí, Manuel Pasos y Rogelio Sigarreta, vecinos todos de Palma Soriano. Fueron estos individuos los que consiguieron información acerca de la presencia de mambises en las cercanías de la Boca de Dos Ríos. El coronel Sandoval decidió entonces salirles al encuentro marchando por las márgenes del río Contramaestre en dirección noroeste hacia la Boca de Dos Ríos. Por Limones vadeó el río y encontró recientes huellas de la caballería de los insurrectos. Lograron detener a un campesino sospechoso que resultó llevar dinero y una lista de encargos para comprarlos en las Ventas de Casanova.

Finalmente confesó la presencia en la zona de Gómez, Martí y Masó. Sandoval le exigió, muy posiblemente como condición para salvarle la vida, que lo condujera al lugar o campamento donde estaban los mambises. Los llevó a Jatía donde había estado el campamento con el Apóstol durante una ausencia de Gómez. Allí Sandoval ordenó descansar a la tropa y distribuir el rancho.

Observó que el sitio era ideal para hacerse fuerte en él: en el flanco izquierdo tenía el río Contramaestre, muy crecido y con barrancos de unos seis metros de altura, lo que le cubría de un ataque sorpresivo; por el derecho había un bosque espeso de Jatía que era como un alto muro natural protector; por la retaguardia, en caso de retirada, podía hacerlo hacia Remanganaguas; frente a sus tropas estaba el enemigo. Una cerca de alambre de púas que iba desde la orilla del Contramaestre hasta el bosque de Jatía, le ofrecía una buena defensa por el único lugar donde podía ser atacado. Situado en tan ventajosa posición, decidió esperar, bien atrincherado, la embestida de Gómez y Masó. La infantería la colocó detrás de la cerca de púas, y la caballería a unos 500 metros cubriendo la retaguardia. Entonces mandó una patrulla para explorar la zona, y otra de caballería con el objetivo de hacerse notar y provocar el ataque de los cubanos hacia donde estaba la fusilería de Sandoval. Frente a él “estaba el camino hacia Vuelta Grande donde estaba el enemigo”. El capitán Ramos le avisó a Gómez de que una columna de unos 1,000 hombres estaba acampada a la orilla del río. Este, tal vez creyendo que estaba descansando después de una jornada de camino y podía sorprenderla, dio la orden de “a caballo”, ordenándole a Masó que lo siguiera con sus 300 jinetes, y a Martí “retírese hacia atrás que este no es su puesto”. Los cubanos consiguieron cruzar el río a pesar de estar muy crecido, y cuando se acercaron a La Jatía los españoles lo recibieron con una lluvia de balas. Tal fue el fuego de la fusilería que Gómez anotó en su diario que “jamás me he visto en trance más comprometido”. Los mambises tuvieron que desbandarse ante tan inesperado recibimiento.

Martí había quedado en el campamento guardado por un teniente y doce hombres. Sintiéndose humillado en ese estado de pasividad frente al peligro por orden de Gómez, esfumándose así la primera oportunidad de pelear por Cuba con las armas en la mano, se montó en su caballo “Baconao”, regalo de José Maceo, y salió del campamento acompañado del joven Miguel Angel de la Guardia Bello (en la toma de las Tunas, en 1897, bajo el mando de Calixto García, fue muerto a los 23 años de edad siendo ya coronel, por méritos de guerra, del Ejército Libertador) y se lanzó a buscar a Gómez. Vadeó el río Contramaestre, y al llegar a la cima de un barranco vino a parar frente a la línea de fuego de la infantería colonial, parapetada detrás de la cerca de alambre de púas. Al verlo seguido sólo de un jovencito, fue fácil blanco de la fusilería enemiga. Era un día lluvioso. Su sueño de morir combatiendo cara al sol se lo negó la naturaleza. Fue, sin duda, un día negro para el poeta de la rosa blanca.

Se ha dicho que “Baconao” se desbocó y se lanzó hacia los españoles, lo que desmiente nada menos que su amigo íntimo Fermín Valdés Domínguez: en primer lugar, dice, Martí era un experimentado jinete desde su niñez allá en “Hanábana donde había aprendido con los campesinos del lugar a domar inclusive a su propio caballo”; durante su estadía en Guatemala recorrió “grandes distancias a caballo por entre llanos, montañas, selvas y pantanos”. Además de eso, casi la mitad del camino desde La Playita de Cajobabo, donde desembarcó el 11 de abril, hasta Boca de Dos Ríos, unos 375 kilómetros, lo hizo a caballo. “Baconao” era “una buena y mansa jaca briosa, sigue diciendo Valdés Domínguez, acostumbrada a escuchar tiros de fusilería (fue capturada en Arroyo Hondo por José Maceo) y a entrar a formar parte de los combates”. El caballo del joven acompañante de Martí fue herido, y el de Martí, al caer él mortalmente, regresó al campamento mambí. Valdés Domínguez niega, pues, que “Baconao” se desbocara. Según Daniel Román, Martí “cabalgó deliberadamente hacia las tropas enemigas... para hacerse matar de cara al sol como él mismo lo había vaticinado”. Su citado amigo y hermano del alma, dice Román, “dejó escrito que José Martí se suicidó en Boca de Dos Ríos”. Para la historiología hiperbólica y rosada cubana, ese acto muy posible del Apóstol viene a ser como una apostosía del credo oficial patriótico. Y por eso para la mayoría de los historiadores criollos es un tabú el mencionar, estudiar a fondo y exponerlo a serio debate tan delicado asunto tan ligado a las relaciones tensas y crudas entre el poeta libertador y los dos generales de a caballo, Gómez y Maceo, antes y después de entrar en la manigua, aparte de algunas apariencias en contrario. Sin embargo, en los últimos años han estado apareciendo revisiones y estudios históricos independientes del patronazgo oficial tradicional en Cuba, bastante objetivos y libres de retórica literaria y fraseología romántica y sentimental. Martí dijo que la verdad es para decirla y no para ocultarla.

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